Cuauhtémoc: una delegación fantasma (¿o fantasmagórica?)

El escritor Rafael Perez Gay nos obsequia esta crónica estupenda acerca de un momento de su relación con la Delegación Cuauhtémoc. Quizá más adelante él publique algo sobre la subdelegación que le corresponde. En la que me atañe, la subdelegación Santa María – Tlatelolco (como la otras, denominada oficialmente Dirección Territorial), su actual administración ha encontrado la excusa perfecta para explicar a los vecinos los constantes cortes del suministro de agua potable: Es una fuga que ya estamos arreglando…  Los pisos superiores de los edificios de mayor altura (tipo Chihuahua y Torres) sufren de mayor cantidad de interrupciones porque las bombas empleadas son distintas a las de los pisos inferiores. Muchas veces los cortes son por las noches, y aunque en la mayoría de los casos reanudan en servicio alredededor de las seis de la mañana, cuando se tardan en hacerlo debemos salir a la calle con nuestro particular hedor nocturno y la cabellera necia apelmazada a golpes de gel. Ya hemos aprendido: tenemos nuestra cubetita siempre llena para deshacernos de las urgencias fisiológicas por lo menos. Cuando el teléfono subdelegacional es atendido (generalmente por el guardia adormilado) se nos da la consabida respuesta: Es una fuga… Y uno imagina que Tlatelolco se asemeja en todo al sistema carcelario nacional por la cantidad de fugas que ocurren en la semana. En fin. ¿O será que las autoridades están usando un método sui géneris para educarnos en la reducción del consumo del vital líquido? 

 

La delegación Cuauhtémoc no existe, por Rafael Pérez Gay

 

¿Hay alguien en las oficinas de la delegación Cuauhtémoc? No lo creo, más bien me parece a mí que se trata de un despacho por el que deambulan fantasmas, almas en pena de otros tiempos. Cuando los espectros de ese gabinete se asoman al presente les entra un miedo indomable. No es para menos, nunca como en estos días la ilegalidad domina las calles, nunca como ahora la vida cotidiana había sido tan difícil. Esta red cotidiana nos ha envuelto en sus cuerdas.

Si usted pretende comunicarse ya no digamos con el delegado Torres Pérez, o hablar ya no digamos con su particular Hermelinda Carrillo, o entrar en contacto ya no digamos con su jefa de asesores Aurora Carreño, o intercambiar dos o tres frases ya no digamos con alguno de sus asesores Acevedo y López, ya no digamos con la policía cívica, o los enlaces (así se llaman) o con alguno de los miembros del pequeño ejército de empleados delegacionales, decía yo que si usted quiere hablar con una secretaria para obtener un poco, no mucho, algo de orientación para nuestras mortificaciones ciudadanas o vecinales, usted y yo estamos perdidos, antes seremos atendidos por fantasmas.

Vivo en la colonia Condesa y he perdido todas las batallas cívicas. Padezco además todas las incomodidades de un barrio que se encumbró en la moda y de paso fastidió a los vecinos. Empiezo el rosario. Es más fácil encontrar a Dios en la esquina de Cuernavaca y Montes de Oca que un espacio para aparcar un coche. Desde luego no hay estacionamientos públicos. Esta carencia ha logrado que yo me enfrente con mis vecinos, unos abogados que pusieron su bufet en el predio contiguo a mi casa, o la casa de usted, como quiera.

Desde hace 20 años, los abogados y yo hemos sido un ejemplo de amabilidad vecinal: a mí me interesan un pepino sus trabajos y yo les importo a ellos un cacahuate. No me van a negar que estamos ante una relación ideal. Ah, pero desde que los valet parking se han adueñado de las calles, los abogados tuvieron una idea genial, de ésas que mejoran la vida propia y estropean las ajenas. Éstas son siempre las mejores ideas.

Los jurisconsultos mandaron a las secretarias, que le dieron instrucciones al mensajero, que le ordenó al conserje para que comprara de inmediato unos trozos enormes de cemento con una varilla atravesada y los depositaran, no sin riesgo de romperse la columna vertebral, en la calle. Insisto, los bloques de cemento están en la calle, frente a una parte del muro que ocupa su casa de leyes, pero que desde luego, y ellos que son jurisconsultos deberían saberlo, no es privado sino público. Los abogados le ofrecen así a sus empleados un lugar para estacionar sus coches. Todo muy bien, salvo por el pequeño detalle de que apenas puedo entrar y salir con mi coche de la cochera, me han encerrado. Maldiciones, blasfemias, dicterios, palabrotas, denuestos. Resultado: ellos han logrado una prestación más para sus trabajadores, estacionamiento gratis en unos 20 metros, más o menos, y yo apenas puedo entrar y salir de mi cochera. He perdido.

Recurriré a las autoridades, informé muy orondo en la casa, como un jefe. Sé que hicieron comentarios mordaces a mis espaldas, pero no voy a detenerme a tratar problemas como el respeto, la autoridad y la burla. Esto lo arregla la delegación, me canso. Imaginé a una grúa despejando la vía pública. Aquí aparecen de nuevo los fantasmas de la delegación Cuauhtémoc. Señorita, ¿con quién puedo tratar este asunto?, le referí el caso. La letra impresa no puede transmitir la amabilidad de mi voz. Cuando terminé mi exposé urbana, del otro lado de la línea sólo había silencio, es decir un fantasma. Insistí dos veces más con resultados idénticos. No sé cómo me sentí, si enfurecido o resignado: ¿Desde cuándo una autoridad atiende a la personas a las cuales debe su empleo?

Aunque es inadmisible, este breve capítulo urbano demuestra lo que ya sabíamos: que los funcionarios no rinden cuentas. O algo peor, sólo ofrecen resultados a la red de clientelas corruptas: ambulantes, representantes de giros negros, acomodadores, comerciantes sin permiso, vendedores callejeros, camaradas del partido, en fin, vaya a saber. No me doy por vencido. Hablaré de nuevo a la casa fantasma de la delegación. Seguiré informando.

Fuente. El Universal. com / 10 de febrero de 2011

 

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Acerca de malecg

Ludópata, ex pata de perro, ratón sin biblioteca, patafísico
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